
Kublai hoy recuerdo una ciudad, su nombre, Hedora.
Cuando comencé a caminar por el sendero que me guiaba a dicha ciudad no intuía que se trataba de la ciudad más pestilente por la que había pasado, pero esa pestilencia no era evidente ante el olfato ni los ojos de sus habitantes.
Personas de mirada oscura e hipnótica, de ojos profundos que encandilaban a quien aventuraba mirarlos de frente. Ahora comprendo el porque de los velos que las mujeres llevaban en esa ciudad, ninguna osaba levantarlos para no ser poseídas por la oscuridad de los seres que allí moraban.
Al mirarlos de frente por algunos minutos el hedor de la pestilencia de sus almas no se percibía.
Caminaba yo por las vías de Hedora, cuando lo ví, él, un hombre alto, fornido de mirada encandilante, yo le miré e hice un gesto de desagrado por el hedor que sentía, pensé que si le miraba de frente dejaría de sentir aquella pestilencia pero me olvidé de que caería en aquel transe casi hipnótico. Poseída por sus ojos deje de sentir olores y a la vez fuí perdiendo poco a poco la voluntad, cada día que pasaba en esa ciudad iba olvidando lentamente de dónde venía y cual era mi misión, mi misión era recorrer el mundo y traer ante tí los relatos y las imágenes de mis viajes, pues tu estas cautivo en esta ciudadela. Junto con perder el disernimiento fuí perdiendo mi ruta y me vi envuelta en rituales de este ser, rituales que rendían culto a una diosa blanca y misteriosa que exigía almas a cambio de satisfacción, no me percataba que era yo la presa para el sacrificio. El ritual que exigía esta diosa a sus fieles era un peregrino con alma vulnerable, esa era yo.
Una vez que me encontraba tendida sobre el altar de sacrificio, miré a mi verdugo y por un instante vi la nobleza cautiva en su alma oscura y fue allí que desperté del letargo hipnótico, ¿qué hacía allí?, ¿cómo había mirado esos ojos brujos?. Tan deseosa estaba de dejar de sentir la pestilencia de Hedora que apelé a la mirada encandilante de ese hombre.
Respiré profundo y corrí lo más rápido que pude, mire mil veces hacia atrás esperando que aquel verdugo saliera trás mi huella. Por fortuna para mi, eso no sucedió y pude salir con paso firme pero muy lastimada de aquella ciudad.
Kublai aunque el relatarte este viaje trae recuerdos oscuros a mi mente debo decirte que lo único que me reconforta hoy después de aquel viaje es volver ante tu presencia. Aunque no veo tus ojos pues los cubren los velos de este, uno de los salones de tu ciudadela.